Para las generaciones nacidas entreguerras, como la Boomer, o como las Millenials, el síndrome de estrés postraumático es obligadamente síndrome pretraumático, un poco todavía legando los traumas históricos pero, en relativa calma, lidiando con la ansiedad del siguiente fraguarse el conflicto. En lo que a mi pluma respecta, T02x04: 20/30 La Memoria Histórica fija el estreno de una película a mis 17 años. Los últimos coletazos de la transición política (paso de la dictadura militar a la democracia de mercado) me pillaron mozo y desorientado con un ojo en las cunetas del pasado pero con el otro pendiente de las negras tormentas que cubrían no solo el cielo sino el planeta a estas alturas ya sumergieron tras su diluvio, Telco Global API Alliance APIs Enabling Seamless Access to Telco Network Capabilities, como en T02x00: Editorial. Un veterano de guerra, con gran dominio de su TEPT, nos exordió y costeó la tarde de cine, y la banda entera fuimos a ver la peli.
En las birras en el parque, tras la sesión, el grupo ocupó la mayor parte hablando del fascismo, de la escopeta nacional y demás veleidades de la contienda civil. Frustrado, el veterano se despidió del grupo sin lograr que los mozos enfocaron la verdadera cuestión de esa pieza, que es la distancia que medra entre el POUM y los partidos estatalistas, ejemplo único en el mundo de modelo extraestatal. Ya preso de una incipiente querencia por la soledad, aproveché el quite para despedirme también de la banda, y marchar con el veterano.
Caminando por la acera, cuando fui interpelado, también ajeno a los matices políticos de la extrema izquierda, le expliqué al veterano que mi preocupación estaba en la cantidad de cuerpos desgarrados y desangrados desperdigados por las tierras el país, y, aquí el tema de hoy, le expliqué que toda mi ansia militar iba aplicada a una admiración total a esos cuerpos que vestidos de blanco tratando de paliar la trituradora bélica levantaban espacios más o menos asépticos y, dramáticamente, se manchaban de rojo en mil salpicaduras bajo terribles quejidos y estertores.
«Eres un buen chico…», me sentenciará el veterano justo antes de apurar el último trecho y separar nuestros caminos con una perorata exaltada de las suyas: «¡Nuestro país es el primer y único pueblo en el mundo que desmontó una monarquía sin sangre. El rey se da cuenta ‘aquí no me quieren y me voy’, así expresado en las urnas, y, sin más, suelta el poder constituyente que se derrama desde la corte de palacio, con un poco de suerte, chorreando hasta las calles y campos sin quedarse estancado en los estadios aristocráticos del techo social!»