En un alba de primavera, el campus despierta y se prepara arreciando la jornada con escalofríos y alguna tiritera pero sabiendo que al mediodía reinaría el calor. Ingresando por orden y espaciados por meses según la logística se ultimaba, Martín y Adam se inscribieron en el cuerpo O. Teresa y Diego, en el B. Alejandro y Lucía, en el E. Sara y las niñas, en el C. Cada cuerpo, ocupado en su sector, organiza una cierta autonomía en el colectivo, confiando en la paridad con el resto.
Aquél día, Aleph había convocado asamblea de figuras mayores. Los dieciséis miembros de la baraja, 4 por cuerpo, ultimaron sus tareas matutinas antes de enclaustrarse con Aleph en la sala de juntas, sita en un ateneo con sede en la plaza principal. Una vez sentados en la mesa redonda, toma la palabra.
«Bueno, a ver, empezamos…», extrae tres libros de un bolso colgado en la silla. Los mostrará, enumerándolos, enfatizando el orden: «Primero, la Torá; segundo, la Biblia; tercero, el Corán». Aguarda unos instantes, dando tiempo a las 16 figuras para que se contextualicen y se dispongan a la retórica. «Una sola palabra común para los tres libros… no se aceptan frases, ni ulteriores argumentaciones». Sonríe, expresando un ruego con el cuerpo, una invitación al juego, al imponer unas reglas arbitrarias que todos respetarán a sabiendas de que únicamente obedecen al territorio ludus, de juego, temporales y circunscritas.
«Dios», pronuncia con voz tímida el 13 de B (que es Diego). «La Diosa», corrige, a su lado, 11 (Teresa), con una sonrisa sibilina. «Monoteísmo», agrega el 12 con talento sumiso, dialéctico y resolutorio. «Abraham», zanja 14.
Aleph simula un chocar de mazo golpeando la mesa: «¡Adjudicado!». Sosegándose, reclinándose, abre la vista sobre el resto de cuerpos.
Rápidos y diligentes, como tres petardos en una traca explotando en secuencia: «Iglesia», abre 11 de O (que es Martín); «Rebaño», sarcástico, enuncia 12; «Canon», interviene 13 (Adam). 14 tose y carraspea: «Jerarquía».
Aleph, simulando ídem: «¡Adjudicado!».
El cuerpo E, castrense, levantándose fugazmente antes de pronunciar, de 11 a 14, emite sus cuatro palabras: «Verdad» (Alejandro), «Justicia» (Lucía), «Control», «Poder».
Parecido a una secuencia de fichas de dominó cayendo, las figuras del cuerpo C enuncian sus palabras, de 14 a 11: «Compasión», «Amor», (Sara) «Conexión», «Intuición».
Aleph se incorpora, fingiendo que redacta, firma y levanta un acta. Alzando hacia los presentes el figurado documento, pretende, y lee en voz alta, que se titula: «Proyecto: Forja de Aleph-0, un templo para el alma». Un aplauso, vítores y jaleos, irrumpe, las 16 figuras celebrando tan ansiada misión. El campus, forjado por Aleph, con sombrero de bufón y apodo «null», en su hoja de ruta, desde su fundación, siempre ostentó como un objetivo a largo plazo, siempre tuvo como meta embarcarse en la construcción progresiva de tantos Aleph como diera de sí la maña y la traza de los 56 naipes de la baraja. Aplanando la tensión emocional con las palmas de las manos, Aleph Null llama a la calma, y, cuando consigue reducir el jolgorio para que su voz suene, encomienda y despide: «Mañana, aquí, los mismos, a la misma hora». Y sentencia: «Se levanta la sesión.»