Aleph, sentado en la silla norte de la mesa redonda donde la asamblea de figuras se reúne cada mañana (tras las obligaciones civiles) en un ateneo sito en la plaza mayor, gesticula, con mímica, sin hacer ruido, llamando a los 16 asistentes, entre ellos los personajes de nuestra novela: Alejandro y Lucía, Martín y Adam, Teresa y Diego, Sara y las niñas. Cuando recibe el foco, Aleph, siempre con gestos, sin pronunciar palabra, trazando símbolos en el aire con los dedos, lentamente trazando líneas imaginarias, alza ante todos el cuaderno con las actas del proyecto: Forja de un Aleph-0, un templo para el alma, y, simulando que pasa exactamente dos páginas, pinta un recuadro invitando a rellenarlo: tercer arcano mayor (aunque numerado con el número 2 porque «el loco» no lleva número, o es el cero), y dice:
– Mañana, toca la cuarta carta: 3 La Finitud. Pero hoy toca: 2 La Infinitud. ¿Conformes?
Todos en silencio, prestando atención: atentos.
– Entiendo que todos aquí hemos oído hablar de «La paradoja de Fermí», ¿verdad?
Todos en silencio, ninguno niega la presunción.
– ¿Y las ecuaciones de Drake?
Alguna mirada cómplice entre las figuras, por lo bajini, mezcla de «¡Ups!» por algunas caras y de «¡Tranquilo que después te lo explico!» por parte de los cómplices. Cambia mucho saber que ignoras algo sabiendo que alguien afín y que te puede explicar sí lo sabe a saber que ignoras algo ignorando a su vez cualquier fuente que sí lo sepa. Aleph manipula la pizarra-inteligente que traslada sus anotaciones a un teseracto holográfico proyectado desde el centro de la mesa, alzándose dinámico ante los ojos de las figuras, con los siguientes símbolos y descripciones:
– ¿Alguien podría citar el estado del arte con respecto a esta ecuación?
Adam y Martín conectan sus pupilas cabeceando sincrónicos en un «¡Ey, aquí están tus hombres!» y no pierden tiempo en sacar sus tabletas-inteligentes de los bolsos, acudiendo a consultar a la primera IA de la vanguardia, ChatGpt, (o segunda porque la Claude de Antropic parece apareció saliéndose de su rebufo pugnándole por la delantera) prompteando concisa y nítidamente la cuestión. Adam y Martín, con una de las posibles respuestas, quizá lo suficientemente ambigua o liminar como para ser correcta, giran entonces hacia 14 de O, expresando su disposición a responder. 14 de O busca contacto visual con Aleph y cuando lo logra usa las cejas mecidas en rápida flecha hacia ellos. Aleph, esbozando una sonrisa, concede bajando la barbilla al cuello. Adam y Martín leen turnándose, asépticos y rigurosos, sin opinar ni añadir ulterior justificación:
– ¡Gracias! (recoge el hilo Aleph cuando han terminado la lectura) ¿De acuerdo? (recolocándose su sombrero de bufón y desproporcionando la caricatura de un mimo que pregunta y exige a los presentes anuencia, aquiesciencia eco de la evidencia…) ¿Y, entonces?
Sara busca a su 14. La figura más alta de C ejecuta el mismo protocolo que antes hicieron en el cuerpo de O. Una vez Aleph lo descubre y da paso, Sara expone en voz alta y clara: «Las estimaciones para N, el número de civilizaciones comunicativas en nuestra galaxia, pueden variar desde menos de uno (sugiriendo que podríamos estar solos en la Vía Láctea) hasta varios miles o millones.»
– ¡Estamos en rumbo, con el viento soplándonos las velas! (bracea un: «se cierra la sesión»). «¡Hasta mañana, mismo sitio, misma hora, mismas personas!»

