b) Relato
Disclaimer de la editorial:
Texto rechazado. Sección clausurada y disponible. Sección únicamente abierta para artistas (call4nodes). La primera semana de febrero escrivivir.co recibió nota del autor:
La concepción del relato es mía, para producción del texto usé herramienta ofimática, asistente de escritura para la corrección ortográfica y gramatical, así como para la sugerencia generativa de textos.
Siendo así como declara el autor, no podemos publicar su texto. Sin embargo, a renglón seguido, lo hacemos. La mesa de redacción reunida, votando por mayoría simple, ha decidido saltar las reglas. Sépalo, de antemano, el lector. Y, si fueras ese tipo de lector que es: puro lector puro, para su alivio se informa, recomendamos saltar abajo, a la entrada ‘c) ensayo‘; hágalo si, no soportando tanto enlatado, desea regresar al cauce de la letra pura humana pura. Además, tras la lectura del material entregado, entendemos que se trata menos de una pieza acabada que un espacio abierto para la creación colaborativa. Descubrimos una intención menos orientada a satisfacer al visitante que los primeros peldaños de una escalera de creación. Es decir, descubrimos que el autor pretende menos entregar una nueva pieza lírica que montar el contexto digital para un proyecto de creación colectiva. ¿Cómo lo hace? La siguiente nota también llegó por parte del autor, que solicitaba se acotara, y aquí lo hacemos, en la cabecera de su relato (entre partes), y responde a la pregunta.
Versión enviada 0.1.0 que incluye tres iteraciones (de dos semanas):
- a) montar un esqueleto (ver extras),
- b) estructurar un cuerpo (ver extras),
- c) pintar una primera versión inicial del relato.
- d) mínima apertura de un repositorio para el control de versiones
Nota: para participar o derivar en la construcción del relato, visitar el sitio gitlab con el repositorio. Allí se mantienen las distintas versiones del relato y se invita en secuencia o paralelo a participar de su redacción.
b) Relato (0.1.1). Introducción. (última edición: 09/02/2024 17:23)
En un contexto histórico inventado donde la Revolución Gloriosa de 1868 en España marca el inicio de un período de cambios políticos y sociales, seguimos la historia de una abuela de Lucía y un abuelo de Alejandro, Teresa y Diego. Diego es hijo de una familia obrera de Barcelona, mientras que Teresa es descendiente de una familia aristocrática de Madrid.
Durante la Revolución Gloriosa, Teresa y Diego se conocen en las calles de Madrid, donde ambos participan en las manifestaciones y protestas por la caída del gobierno autoritario de Isabel II. A medida que la revolución avanza, su amistad se convierte en amor, desafiando las barreras sociales y políticas de la época. Un amor que no consumará, ni propagará más allá de un momento de confusión. (continúa)
Lucía y Alejandro, nietos, son los protagonistas del relato. Son los partícipes, creer querer, querer creer, de la confusión. Los nietos que tendrán otra oportunidad para recrear el arquetipo. Para llenar con sus propias sangres las ordres de la historia, repitiéndose, concéntricamente, formando años visibles en una soca, un ripio, la cepa cortada de un árbol.
Su historia, la de Alejandro y Lucía, se podría contar así:
Sus caminos se cruzaron cerca de la fuente de Neptuno, donde la multitud se había congregado en un fervoroso mitin. En su estética, en las ropas de ambos se mostraban el rojo y el negro, sin símbolos, pero claros significantes. Menos uniforme, todavía, que puro signo venteado en red de ideología.
Lucía, con un panfleto en mano, se detuvo frente a Alejandro, sus ojos encontrando los de él en un momento suspendido en el tiempo. Algo de mímico, simulando lo fortuito del espacio íntimo en medio de la tormenta social, sabiendo imposible ni el susurro ni la palabra calmada, chillándose a las orejas:
«¿Crees en la lucha por la libertad?», preguntó ella, su voz una mezcla de trivialidad y esperanza.
Alejandro, danzando los ojos hacia su rostro, respondió con convicción: «No lo sé. Y, tú, ¿crees?»
«Tampoco lo sé. Creo en la poesía. ¿Tú?», Lucía masculla.
«Ídem», musica Alejandro.
En ese instante, algo resonó entre ellos, una conexión forjada en el crisol de sus pasiones compartidas. Intercambiaron otras palabras pero básicamente buscaron pegar los rojos y negros que cada uno portaba en la ropa. La genuina intimidad, por un momento, abre lo de: «ser el cambio que quieres en el mundo» abriéndoles, a su vez, un agujero negro succionador de sus voluntades. Lucía y Alejandro han quedado impávidos en un instante dilatado suspendiendo el bullicio del río de gente en cuyo lecho han formado un pequeño repecho, abrazándose con las mentes para erigirse piedrecita a cuyo alrededor bordea el caudal…, ambos sintiendo «posibilidad de cambio», precisamente, sobre los cambios que desean ver en el mundo.
Aunque cada uno giraba atraído al centro del agujero desde su propia perspectiva, tras esa condición inicial, ese punto de partida, yirando, se mezclaron sus deseos o ambiciones de cambio en el mismo dibujo elíptico, gravitando cada vez con menos diámetro, cada vez más «caídos» en el centro del agujero, cada vez: más cerca, más íntimos. Dibujo que se pinta a medida y durante sus trayectorias en el lienzo titilante del mundo, perpetrando, acometiendo, siendo el cambio sobre el presente, manchándolo y deformándolo como cualquier cuerpo grande deformando la realidad, por su masa, por su sola presencia (según el diseño de Einstein).
El Sol abandonará, por ese día, el clamor de la batalla, y Alejandro habrá invitado, proponiendo cena de dos en su tienda, en un campamento aposentado a diez minutos de Madrid. Correrán a refugio bajo un cielo que acabará tiñendo de tonos dorados y carmesíes cualquier resquicio del combate, como una hoguera, quedarán apenas si humeando postreras briznas de humo entrópico. El silencio de la tregua nocturna devorará los pandemonios y Lucía y Alejandro alejándose del centro, podrán elaborar en su camino más sustancia íntima, circulando por las calles adoquinadas. Tenderán hilos rojos de sueños, de esperanzas y expresarán hilos negros de un futuro que ambos, en la danza por lo menos, ahora, este caminar, desean, desearían moldear. Pactan, para que no muera la pavesa de esta relación, viajar, juntos, a Barcelona, acaben como acaben los forcejeos de la revolución. Pactan un punto en Madrid y otro en la Ciudad Condal, dos cabos de hilo por los que regresar al laberinto de la intimidad (la pavesita) que, saben, el rojo y el negro de sus ropas no refieren solo colores, sino emblemas de un espíritu ideológico, un cuerpo en red aposentado, determinadamente, en el tablero social. Y las consecuencias de ese saber…
b) Relato (0.1.1). Nudo (última edición: 09/02/2024 16:13)
La mañana había despertado sobre Madrid con una brisa fresca, silbando consigo los ecos de una ciudad en la cúspide de una gran crisis, nuevo pulso en un péndulo de tensión entre quien trata de alzar su voz de cambio y quien defiende el Status Quo. Amanecen juntos Lucía y Alejandro, vuelven a esconder sus pieles, dispersando cualquier brizna de intimidad, de nuevo envolviéndose ropas, ribeteando con rojo y negro. Se despiden en la mesa, desayunando rápido. Prometiéndose reencuentro, diligentes, no tardan en salir a la urbe, en sumarse gota al caudal, río de protestas en las calles que bullían con voces desafiantes cantando vítores y blasfemias exhibiendo banderas y pancartas.
Horas después, de nuevo un encuentro, forzado, quizás, por parte de nuestros protagonistas, preocupándose de estar en el sitio concreto en el momento preciso, Lucía y Alejandro se acompasan esta vez frente a las puertas cerradas de una fábrica, un símbolo de la opresión capitalista que el rojo y el negro desprecia sin importar laya o particularidad. «Este lugar…», comenzó Lucía, su voz cargada de un ardor combativo, «es la encarnación de la explotación. Aquí, los trabajadores son solo engranajes en una máquina de avaricia.»
Alejandro, sopesa a su lado, busca en el interior su armatoste dialéctico, se lo enfunda y gradúa para expresar con tonalidades rojas y negras, aséptica de ulterior carga semántica, la anuencia. «Es verdad. Esta fábrica, y lo que representa, es una mancha en nuestra nación.»
Inexorable el paso del tiempo, de nuevo ocurre la explosión de intimidad, el espacio se entromete entre ellos, y en la última chispa en la cola del cometa que tuvo su momento, Alejandro y Lucía de nuevo lanzan besos al aire, y guiñan ojos braceando o palmeando. Cada cual se tira de cabeza al río, incorporándose al buceo dispersándose en el coro de rebeldes.
Se levantan puños, los rostros iluminados por la pasión de la lucha, se corean estribillos. «¡Abajo la opresión!», grita Lucía, con cada verso un martillo golpeando las cadenas invisibles de la injusticia. «¡Por la unidad!», resuena la voz de Alejandro, un estro poderoso que anhela orden en el caos.
El día pasó en un torbellino de cánticos y discursos, y ellos, Lucía y Alejandro, todavía tendrán un encuentro final esa jornada. Como dos sombras conectadas por un propósito común, hallarán la casualidad necesaria para cruzar sus trayectorias. A medida que el sol se apea de la bóveda, dejando atrás un cielo teñido de púrpura y oro, comparten un vino en un rincón tranquilo porque Lucía ha ofrecido cena para dos en su picadero (bueno, no suyo sino de sus padres).
«Ayer, en la multitud, sentí una posibilidad de cambio», expresa, muy queda, Lucía, con su mirada perdida en las lágrimas danzantes del vino en la copa según gira su muñeca.
Alejandro, con la atención expandida a través de la ventana, a vista de pájaro, en su visión una sábana de ciudad, ahora ya casi imperceptible, cubriéndose por la colcha tupida de la noche, asintió. «Sí. ¡Cómo para obviarlo!», bromeó, recordando la intensidad con la que ambos han vibrado en los encuentros.
Apurarán las copas, fregarán vajilla, retozarán la velada, caerán rendidos al sueño, el tiempo se fundirá, y ellos, unidos por un enemigo común, habrán enfocado a lo que une impidiendo que lo que separa mediara efecto.
Por supuesto, otra vez amanecerá. Ahora, sí, última porción de intimidad, probablemente, en mucho tiempo. El rojo y el negro, como un rocío sobre sus personas y su indumentaria, ha sido óbice para la alianza. A la sazón, a pesar del rojo y el negro, o precisamente por ellos, quizás Alejandro y Lucía hayan saboreado esa noche su última intimidad. La última no en «mucho» tiempo sino en cualquier otro tiempo. Porque bajo la superficie de esa unión, yacían verdades aún no descubiertas (o, mejor, ignoradas; querer creer), esperando el momento para revelarse, ya imposible de seguir reteniendo ficción, colmada ya la espera.
b) Relato (0.1.1). Desenlace (última edición: 09/02/2024 15:01)
Madrid ardía bajo el sol de julio; el astro, en su descomunal potencia consumándose ardiendo al Mediodía, parecía querer avivar las llamas de la pasión y la revolución abajo en la Tierra. Lucía y Alejandro, cada uno con el rojo y el negro anudados a su ser, forzándose a ellos en detrimento de cierta carga personal, se engarzaban ahora, refugiándose de Helios, bajo la sombra de un viejo roble en el Parque del Retiro.
En sus manos iba y venía un ejemplar gastado de «Del sentimiento trágico de la vida» de Miguel de Unamuno. Las páginas amarillentas se abrían paso entre sus dedos, como si quisieran revelar los secretos más profundos del alma humana. «¡El lenguaje es maravilloso, nos permite asirnos a la Realidad!», reflexionará Alejandro; «¡A la vez es pura maldición, porque nos permite inventar disociación de la unidad real!», completará Lucía. Y, por un momento, negro sobre blanco (amarillento), los colores con que ellos tejían su relación de intimidad cambiaron, se inflaron, en una amalgama ágape blanca, hilvanando una tersa cuerda, sólido vínculo con las fibras de amor propio, de la amistad, de la libido, fibras pragmáticas, incondicionales y fraternales.
Leían juntos, en voz alta, dejando que las palabras del libro se mezclaran con el murmullo del viento entre las hojas. En la hierba, bajo un árbol, ora uno apoyaba su espalda estirando las piernas y leía al otro que estirado descansaba la nuca en los muslos, ora que intercambiaban posiciones. Hablaban de la vida, de la muerte, del amor y del dolor; de la lucha y de la revolución; de la eterna búsqueda de significado en un mundo que a menudo parecía carecer de él. Cada frase, cada palabra, volaba desde sus labios, hilvanando una conexión lírica, allende los estrechos mimbres ideológico-políticos que nuestras personas cargan. Acabará el astro su periplo diario por el firmamento, una nueva jornada de batalla en el centro de la ciudad se escindirá como un fuego exhausto, eliminando gradualmente sus fulgores hasta quedar inmóvil en el negro carbón y el manto de ceniza, totalmente acabado, muerto, en la nada. Alejandro y Lucía habrán llegado ya, a fuerza de roce, al punto donde se acrisola la confusión: no bastan el rojo y el negro para soportar más intimidad, ya que pesan en demasía las redes desde las que cada cual llegó a la manifestación donde se toparon. Así, la despedida, inminente, sin necesidad de explicación, operándose con diligente y escrupulosa precisión quirúrgica, marchando de El Retiro, cada mochuelo a su agujero. El agujero negro que antes en el centro creaba órbita ahora se contrae, cerrándose, eliminando la atracción, devolviendo a los cuerpos a la merced de las otra órbitas. La piedrecita en lecho del río cede, el cauce se recupera del repecho borrando la curva, y el canto rueda, abajo.
Eso sí, Alejandra y Lucía, a diferencia de Teresa y Diego (sus abuelos), habrán tramado unos puntos de encuentro, unos santo y seña. Alejandro, complicando el encontrarse «fortuitamente» como habían echo los días anteriores, regresaba ya a Barcelona. Aquella noche se desmontaría el campamento y tomarían vereda con los carros, de regreso a las orillas del Mediterráneo. Alejandro cruzaría media península interponiendo medio millar de kilómetros entre Lucía y su persona, demasiada distancia para «percibir» la intimidad.
Fastigio de su plan para mantener la relación en la distancia, Alejandra y Lucía dispusieron la figura de Unamuno, mejor, la órbita de gravitación que inspira en el continuo espacio-tiempo la luz de su voz lírica. Lo hicieron, escoger la obra de don Miguel, aprovechando esa característica suya tan liminar de tránsito multívoco entre los distintos grupos ideológicos adheridos al rojo y negro. Así, entre los Unos y los Otros, pactan atender a la llamada de esa voz trágica unamuniana, que siempre habrá de oírse entre ellos, en la distancia, bajo la atenta mirada de los Unos y los Otros. Fastigio, pues, que ofrecerá referencia para «no olvidar», para no apear de la memoria lo vivido. Será, se prometen, como un faro que iluminará sus distancias y guiará sus tránsitos entre el mar y la tierra.
Discutirán epistolarmente, se aseguran y pactan santos y señas, sobre la necesidad de enfrentar la verdad, de la lucha interna del ser, de la pasión y la razón. Querrán definir la idiosincracia de la figura Estado, en su posición de tope trófico social. Se prometen mantener un hilo discursivo que tenga un dedo hacia arriba como Platón o uno hacia abajo como Aristóteles, y, sobretodo, despertar una razón poética simiente que enterrar en el mundo para brotar y criar una voz lírica. En esas discusiones, no habrán falangistas ni anarquistas, solo dos almas explorando las profundidades de la existencia. Solo rojo y negro, sin posicionamiento ni condicionamiento ni obligación histórica o biográfica. Solamente agujero negro que arrastra al cambio. El rojo y el negro, en este contexto íntimo que se prometían Lucía y Alejandro, asemeja ya un poco a la razón poética de Zambrano cuando despojados de su carga ideológica se muestran meros colores, despojados de todo significado político, igual como la voz lírica se desprende (para cantar) de cierto lastre lógico; y esa, esta noción pura del rojo-negro puro, bastaría para cambiar o sellar sus vidas, si no fuera porque cuando sobre esos colores se fija la simbología de una red ideológica, de regreso a la calmas tras los vientos de la tormenta, se dinamita cualquier posibilidad de intimidad. Una vez, de nuevo, en la distancia, Lucía y Alejandro no serían más que dos jóvenes descubriendo sus mundos y a sí mismos, bajo la atenta mirada de los unos y los otros. Los Unos y los Otros; observándoles en su intimidad. Los U y los O, arrastrando de vuelta, extrayendo de la órbita, al mundo de origen. Cada uno, a la postre, Lucía y Alejandro con su toque de queda; su código y su ética. Sus raíces y biografía y genealogía. Resuena así, para acabar este relato, de nuevo, ese sentimiento trágico de la vida tan unamuniano que nos hace bracear entre razón y fe, entre individuo y colectivo, entre verdad e incertidumbre.
Atajando con un «decíamos ayer…», un…
(viene de…) Sin embargo, a medida que la Revolución Gloriosa se convierte en un conflicto más amplio entre liberales y conservadores, Teresa y Diego se ven obligados a regresar a sus bandos opuestos. Diego se une a las filas de los republicanos, luchando por una España más igualitaria y democrática, mientras que Teresa defiende la monarquía y los valores tradicionales de su familia. Sucedió que Teresa y Diego, en su último instante de infinita intimidad, dejaron deshilvanarse a la relación que tejieron en la aventura, los días en Madrid, y no pactaron santos ni señas ni lugares de encuentro. Ni quedaron en discutir nada. Diego marchará a Barcelona, sin más. Desapareciendo el uno de la memoria del otro en pocos meses.
b) Relato. Extras.
T02x02: Extras