Martín:
Han pasado 5 años desde que Martín y Adam se despidieron en el puerto. Martín ahora, un trimestre lleva, trabaja para Evil Corp, una multinacional del sector de los robots.
Martín sale de recursos humanos. Dos oficinas, un archivo y dos salas de entrevista en la cuarta planta de uno de los edificios secundarios de Evil Corp. Fue citado y, compareciendo en entrevista corta, firma una renovación tras el trimestre de prueba. De regreso a su planta, antes de entrar a un seminario sobre quaterniones y codos robóticos en operativa Kuka, Martín toma consciencia de sí mismo, se ensimisma. La renovación del contracto reafirma por un segundo el preciso instante, el preciso punto temporal que separa el pasado del futuro contractual que en ese momento firmó.
Una mirada hacia atrás, en perspectiva, explicaría que Martín logró mantener su pequeño negocio PyME más o menos flotando durante un par de años; que en el tercero: el agua comenzó a calar; y que el año pasado la quilla, volteando la embarcación, entró en contacto con el aire antes de sumergirse al fondo.
Tan gradual lustro de decadencia ayudó, en parte, quizás, Martín opina, a su reciclaje. El desborde de su sistema, quizás, se explica, se debe más a cuestiones externas que al diseño en sí mismo. Un sistema desbordado por una ausencia de interés. ¿Fuerza magnética, fuerzas fundacionales en la amistad? Martín siente querencia por esa pregunta y le arrulla en un viento emocional.
En esos años de decadencia, Martín recuerda «decidir» entre buscar algo fuera o quedarse a tapar agujeros.
Ha pasado por su mesa guardando en la cajonera la carpeta de empresa con su copia del contrato firmada, Martín recorre un pasillo enmoquetado entre puestos ofimáticos. Se siente tranquilo, recuerda perfectamente asumir que la PyME se inundaba prefiriendo batallar nuevos hilos fuera que drenando.
Se recuerda a sí mismo, pasando el tiempo disponible menos tratando de salvar el barco que mudando su contenido y archivando su legado.
Llegado a la sala, busca una silla libre incorporándose al seminario. En unos minutos, un portavoz arranca la sesión y Martín se suelta, levantando una burbuja hermética de concentración. Pecera de atención, entre su biografía y el campo semántico de «la rotación en escenas de tres dimensiones aplicado al giro del codo de un brazo robótico».
Adam:
Ya cruzado el océano, el barco atraca. En su terraza superior, Adam, envarado, se agarra a la barandilla, divisando el plano de la ciudad, desde esa perspectiva, luces y trazado urbano. Busca el campus al que se dirige, comparando la imagen mental que carga en el equipaje y que construyó estudiando el mapa. Localiza, diminutas en el oeste, la explanada encastillada por las cuatro esquinas, las torres de cuatro facultades: gramática, criptología, computología y música. Comprueba, mecánicamente, que, por la normalidad aupada en la ley orgánica que regula el Uso Legítimo de la Fuerza, que, efectivamente, ahí está el trazado previsto desde el puerto al campus, una avenida principal que recorre al sesgo la urbe y pasa apenas tres cuadras por debajo. Adam se está respondiendo a sí mismo, continuando la reflexión que accidentalmente compartió en voz alta con el taxista que le llevó al puerto. Un sistema con estos servicios garantizados porque el Estado tiene la potestad ejercida a través de las policías, fuerzas armadas y cuerpos de seguridad, vigilancia y penitenciaría. Preocupado por un justo equilibrio entre seguridad y libertad, Adam, a la vez, sonriendo al recordar el punto de vista del conductor (creíque, penseque…) cancela este hilo discursivo, desasiéndose de las palabras; esforzando los ojos, acuciando las manos en el hierro, recolocando las suelas en la tarima húmeda y salina. La megafonía anuncia a los pasajeros la llegada, apremiándoles al desembarque ordenado. Adam, fijándose en un momento en su respiración, se cuadra. Baja a los camarotes.
Todo recogido, sus dos mochilas sobre la cama. Dispuesto a colocárselas, al retirar la pequeña, cae el libro que estuvo ojeando antes de subir a la terraza: «L’Empire de la surveillance, suivi de deux entretiens avec Julian Assange et Noam Chomsky (Galilée, París, 2015)»; como gaviotas que aparecen en la costa, Adam observa cómo su memoria lanza a su percepción bandadas de aquellas últimas frases que leyó; y escucha los graznidos de ideas fuerza o coletillas que el autor esforzó en las páginas. Adam no puede evitar el tornado literario que desde niño se le activa en el pecho cuando enfrenta problemas políticos (como los relativos a los «delatores» que trata el libro). Para Adam, axioma literario, es fundamental el epíteto como función demarcadora en la cuestión de separar el tablero de correlación de fuerzas en que los humanos dirimen sus tensiones políticas. A un lado, con el adjetivo antecediendo al sustantivo, expresión de una cualidad no contrapuesta, pura. A la izquierda, con el adjetivo tras el sustantivo, restricción, acotación entre otras posibilidades. «El tornado de literatura arrastra la gravedad del conflicto volviéndolo un asunto de éstétícá, ética y moral en el uso del epíteto», se cuenta a sí mismo Adam.
Existe un momento rebelde en la vida de Chomsky que abandera a la izquierda y planta cara al mariscal de la derecha en los territorios de batalla de la psicología y, en particular, la lingüística, la relación entre el lenguaje y el comportamiento. En esa época apenas si se habían ideado las primeras máquinas capaces de corresponderse con distintos lenguajes. Todavía vistas como autómatas que mueven un estado transicionando según dicte un lenguaje de órdenes, en esa época Von Neuman separa la lógica-de-control de la-lógica-de-datos que son propios del problema que se está resolviendo, trazando en los campos lógicos la misma línea que Aristóteles trazó al separar física de metafísica. Con esa ampliación del territorio, a los matemáticos les resulta fácil evadirse de tareas imposibles como responder «qué es el lenguaje, de dónde viene, cómo se efectúa» y, en las barreras meta, dedicarse a construir artefactos de control que emulen visos de pensamiento y expresión lingüística.
Efectivamente, en ese contexto, en el que los matemáticos intentan insuflar vida a las máquinas, el lenguaje ocupa un oro esencial, un elixir mágico que podría ser, así lo anheló un siglo antes la inventora de la programación (lenguajes para expresar órdenes y que las máquinas las operen) piedra filosofal. El hegemón conductista, con Skinner a la cabeza, a un paso de los campos matemáticos e industriales, utilizando la computología como un espejo, dentro de la clínica, postula el reduccionismo habitual de la derecha para justificar un lenguaje castrense perfecto que vehicula una cadena de mando desde donde se dictan las órdenes hasta donde se obedecen. Ese lenguaje, basado en estímulo/respuesta, perfectamente maquinal, desencarnado, apenas si presenta una posibilidad u ocurrencia del lenguaje en el punto de vista que Chomsky sostiene. Un punto de vista capaz de otorgar al lenguaje cualidades mentales. Y, al pronuniar «mentales», Adam sabe que se pone un pie en la izquierda porque los conductistas, expresamente, desposeen de sustancia a la mente. Hay un límite entre la visión reduccionista que busca explicaciones a fuerza de catalogar e inventariar las partes que componen un sistema (ignorando al bosque escudriñando uno a uno sus árboles) y la visión emergentista que, de metafísica, da un paso atrás para tomar una perspectiva completa del sistema que permita una comprensión a pesar de las partes (árboles difuminados en la visión del bosque).
Facta non verba, el año que nació el padre de Adam, aunque esta causa en nada tenga efecto al respecto de los hechos que se narran, Chomsky hizo lo propio que Martín Lutero: clavar sus tantas tesis en la puerta de la Iglesia Conductista. Protestando, negando y, tras la crítica, derrocando. Hasta la fecha, la reforma de Chomsky es ley en términos lingüísticos; y, por ella: existe una gramática universal innata y común a todos los sapiens. De ella emanan todos los idiomas del planeta. Adam, por su huracán de literatura, asume esa guerra experta (distinta de la política, que todavía perdura entre quienes parcelan la universalidad con sus purezas parciales y el resto del mundo), que no derrama sangre en primer término (las consecuencias que de ella emanan sí que lo harán), dialéctica, combate pacificado de retórica.
Comparando aquella victoria del cognitivismo protestante de Chomsky con la agria desobeciencia civil de Assange (transgrede y espera a que la Opinión Pública le salve del tirano, apelando a un clamor nacido del Respetable Público por la fuerza de la verdad: en la evidencia de que te castigan por transgedir una norma injusta, por delatar), Adam, sabiéndose camino del enclaustramiento, sabiéndose a punto de vestir hábito de clausura, siente alivio por soltar, sin previsión de regreso, la gravedad del mundo. Le toca sanar, reflexionar, investigar y experimentar; le toca, en definitiva, un tiempo de metafísica. A su forma, para Adam, es un acto de renuncia; no resignación, pero sí automesura, continencia. Este acto remeda parecido pero distinto, con otra injusticia, otra falsa acusación, de la que cuenta la venganza de un preso que no solo escapó sino que llego a ser Conde, de Montecristo; o, salvando las distancias, la injusticia que padece el propio Assange. Hay, y, Adam se teme, siempre habrá, gran literatura nacida en la cárcel; aunque, sin los ojos de la gente, tales ristras de palabras no sirven de nada; puro silencio. Adam, se dice, en el claustro al que va, no soportará el peso del Estado (de forma directa, al menos; ineludible causa ambiental), pero sí el de la Lógica, la Estadística y la Probabilidad. Una vez cruce el portón de su facultad, deberá jurar votos y matrimonio con la administración matemática, habida cuenta de la normativa y el reglamento formal al que se obliga a quien ose llamarse a sí mismo matemático y ose conjurar las fórmulas que desatan los efectos lógicos. En lo más hondo de su sistema de creencias Adam guarda la certeza de que cúpula y bóveda son caras de una misma realidad, y que elegir entre derecha e izquierda posicionándose dentro o fuera, al final, entre el calor poderoso interno y la gélida soledad exterior, las briznas son demasiado nimias y tampoco importan tanto. Hará pie en este nuevo continente, y cualquier membrana siempre será débil contingencia en la bastedad del mundo; pero Adam agredece en su corazón la oportunidad de cruzar las vallas del campus, cerrarse en un micromundo; y guarecerse tras sus muros sólidos de academia, una buena y hermética temporada. Acallando la mente, arrancando una acción, Adam da un último repaso de control al camarote, carga la mochila grande en la espalda, y, metiendo el libro en la pequeña, se la coloca en el pecho, da unos saltitos ajustando correas. Con un tirón, extrae la tarjeta de la luz, cerrando la puerta y encaminándose, según indican las señales, al túnel de salida. Se apeará del barco. Tomará un taxi. En una hora, a las puertas del directorio, estará siendo presentado al decano que le saludará: «¿Adam, verdad? Bienvenido a nuestro modesto círculo… verás que acabamos de empezar, ¡todo está a medias! Estoy seguro que tu presencia entre nosotros será capital para ponernos en marcha…» Le pasarán un brazo por los hombros guiándole a través de pasillos, indicándole puntos principales de avituallamiento y gestión doméstica. Otras pocas horas después, en la sala de actos, un secretario microfonado anunciará a la parroquia: «… así, por todo lo acreditado y expuesto, el solicitante…» mirando a Adam, de pie en el centro del escenario, «… queda adscrito y puede tomar la palabra».
Un aplauso gobernará la transición, Adam tomará posición en el atril, agradeciendo a la cúpula que le anima haciéndole pasillo en la tarima. Así habla Adam.
Narrador: En el puerto, en la despedida entre Martín y Adam
– Adam: ¡Martín! ¡Martín!
Adam alcanza a Martín, apoyándose junto a él, en una de las columnas del vestíbulo, justo delante de la puerta de embarque, línea roja que distingue entre pasajeros y resto de personas en una estación. Última línea simbólica que solo Adam cruzaría significando, al fin, el corte definitivo.
Quizás, ambos estén experimentando, por primera vez, la ausencia de atracción. Primer paso de la respulsión. Durante los últimos meses se esforzaron en desactivar esa fuerza magnética o fundacional que mantenía unidos sus hilos biográficos entorno a la PyMe. Cada vez menos atracción, hasta el preciso instante, ambos mirando al frente, codo con codo, de pie apoyados en la columna, Adam saca un dispositivo de memoria de su chaqueta y le pasa a Martín. «La llave, la llave…», susurra tomándola y guardándola en la cartera con la ceremonia de quien se sabe clausurando oficialmente la pertenencia de un miembro al grupo. Entrega su llave privada y pierde todo acceso al sistema. Adam, desde ya, sin su llave, está fuera del sistema.
El barco de Adam aparece parpadeando en la cartelería. Último abrazo. Último apretón de manos. Última palabra, y una última mirada. Adam se une a la cola de embarque. Martín se va alejando, esperando el movimiento de la fila, a pasos cortos y distanciados, hacia la puerta. El turno de Adam ha llegado y Martín ya no le ve, dentro de la pasarela que sube al barco. Martín sale de la estación. Busca el coche. Conduce de vuelta a casa.
Colgando la chaqueta y descalzándose, Martín agradece el profundo silencio. La planta de abajo totalmente apagada, y una luz tenue, pastel, colgando en la pared de la escalera. Arriba, la puerta de la habitación de las niñas cerrada y la del dormitorio entreabierta, señalada por una vela eléctrica prendida en el tocador. Martín, sigiloso como un gato, entra en el dormitorio y bordea la cama de matrimonio. Conteniendo el aliento, comprueba que su mujer esté tapada y pone atención a su respiración. «¡Te pillé!», le espeta ella. Martín respinga sorprendido, a un palmo de su cara, convencido de que estaba dormida, tras varios segundos observándola.
Él se sienta en el filo, cuidando de no destaparla y ella le pasa los brazos por la cintura: «¿Lo hicisteis? ¿Le viste marchar?», querrá saber ella en un hilo bajísimo de voz, casi bostezado. «Sí. Todo va a estar bien. Duérmete. Mañana más, y mejor», le acariciará fugazmente los mofletes, atusará sucintamente su flequillo.
Martín sale al pasillo y planta una oreja en la puerta de la habitación de las niñas. Una mano al pomo y la otra con la palma abierta para controlar la madera, abre dos centímetros o menos, lo justo para colar un ojo y divisar los dos cabezales de las camas. Cerrando sin chasquido ni crujido. Baja a la planta inferior.
Enciende luces en cocina y salón. Encuentra su cena en el microondas. La calienta. Esperando, queda un segundo inmóvil, somnoliento, mecido en el motor del electrodoméstico. El plato girando le acuna, se apoya en la encimera y entorna los ojos. Sueña que la campanilla le despierta, y que antes de tomar el plato y llevarlo al salón, traerá del colgador, de la chaqueta, de la cartera, aquella llave privada que Adam le dio, un pequeño dispositivo de plástico con la pinta de medio rotulador. La meterá en el microondas, activándolo y escuchándolo arder. Abriendo luego con cuidado para desechar el residuo calcinado. Es imposible, fundará Martín en lo más hondo de sus certezas, que Adam vuelva a entrar al sistema.
Acto seguido, cena tranquilo, en calma. «Siri…», dice, «… pon una película de Marvel». Un pitido, dos confirmaciones, la televisión se ha encendido y una película de superhéroes lanza sus primeras músicas tras el tañido con el logotipo de la compañía cinematográfica. Martín acabará la cena a media película. «Siri, apaga la tele». Tomará un escocés on the rocks, acarreando la botella, saldrá al columpio del jardín. Saboreará la barrica y animará su espíritu repitiendo dos veces, sirviéndose cada vez la mitad de whisky que el vaso anterior. Se balanceará suave, buscando constelaciones, masticando ese lugar común astrofísico que nos sitúa en el presente viendo «el pasado» cuando miramos las estrellas, que se nos muestran como el eco de un tiempo anterior. Masticará un rato, dando sorbitos, otros lugares comunes rescatados por historiadores, por ejemplo: de cuando los fenicios, cansados de pugnar con asirios, abandonan su tierra natal, abriendo nuevas vías más allá del mar, aplicando esa estrategia de guerra que expresa «si no puedes con tu enemigo haz más grande el mundo y aléjate de su zona de influencia»… Martín, que se sabe en una época de colapso planetario, a dos milenios y medio de los babilonios (que aprovecharon el exilio fenicio para expandirse), ya con los párpados pesados como las persianas de un negocio al caer la tarde, reseguirá las sombras que una luna llena pinta en la verja, jugando a la pareidolia. «Una línea roja es esta noche…», se dirá al fin para sí, y, pasando por el aseo, se pondrá el pijama y, sigiloso como un gato, buscará cucharita en la cama.