Día 4 (actualizado)

¡Fuerza y honor!

Llega un momento en la vida en que todo se hace por última vez. El último coche. Los últimos zapatos. El último libro. El último hijo. La última novia.

El tiempo, en el sprint, corre, según mi opinión, dos claros sentidos en una misma dirección, que son cuatro semanas, tamaño que los scrum masters han decidido para las iteraciones. Los primeros momentos, primera semana y parte de la segunda, el tiempo fluye lento y espacioso. A partir de ahí se comprime hasta implosionar esculpiéndose desde el tablero de tareas Kanbar el producto final que, en el último de los meetings, concluye bajo la atenta mirada de los equipos que lo han elaborada y, porque puede verlo, ha sido hecho. La primera parte un tiempo de crecimiento y la segunda uno de creación.


Crecimiento y creación son los ejes fundamentales de mi obra. Cuatro días antes de que se conmemore la guerra civil española cumpliré cuarenta veranos. Creo que mi crisis de la madurez, si acaso he de permitir que me pase como a la mayoría, es una puta mierda en comparación de lapidarios como los que mi no-maestro viene soltando los últimos tiempos a cuenta de lo último. Busca, yo no sabría hacerlo, me pierdo en las páginas de los medios digitales para masa, tanta publicidad me vuelve tonto, la Dragontea de hoy (o de ayer) 25 de junio de 2018. Búscala en la Dragolandia de ElMundo. A cuenta de Japón, doña Plácida, que es mi abuela, y que tiene la misma edad que el autor de dicha columna, cuando le he leído el texto, me ha mirado enfadada. Llena de ira. Dos cristalinos licuados para gritarme luego: «Trae las cartas. Vamos a jugar un cinquillo.» Orden que he ejecutado tomando el mazo de la cornisa en la chimenea, sentándome, barajando y repartiendo y colocando el mazo en la mesa. Así, un poco más tranquila, entretenida con sus cartas, doña Plácida da un último bufido y golpea con las cadenas de oro en las muñecas: «¡Y qué le voy a hacer, si yo no me quiero, morir!». Cuando así se ha lamentado yo no me he inmutado, porque desde los primeros achaques trepando por sus setentas, cada vez que se ha visto mermada en alguna de sus potencias, ora física ora psíquica, ha esputado esa frase. Así que le he mostrado mi anuencia, «E cosí», le he susurrado sacando el cinco de espadas. «¿E qué?», ella sacando el cinco de oros. «¡Y punto, abuela! ¡Yo tampoco me quiero morir!». Doña Plácida ha sacado el seis de espadas, «¡y punto!». Crecimiento y creación. Quizás, a partir del mes que viene, por rigor, deba plantearme el eje del crecimiento. Quizás, en el medio del camino, deba ocuparme de un decrecimiento sin demora. En el pasado lustro escribí, tecleando, por lo menos, en extensión, tres Gargoris y Habidis. Me hace mucha gracia cuando los modernos, ante el posmodernismo este del programar, se amparan en la falacia pre-trans (esto es, confundir lo trascendido con preracional) para denunciar un escribirle a la máquina en lugar de las personas. Cuando, las más veces, se acaba escribiendo para otros humanos que manipularan esas máquinas. Apunto tamaña cantidad de letras escritas con mis diez dígitos porque siempre, siempre, siempre, desde niño, quise ser escritor. Nunca dije que quería escribir novelas, poesía, periodismo o ensayo. Dije que quería escribir. ¡Por zaratustra que lo hago! Un mínimo de cuarenta horas semanales todos los días menos dos y medio por mes trabajado al año.

Pero, no. No esta vez. Quedan cuatro días de sprint. Hoy no voy a escribir aquí mucho más. Creo que, mejor, leeré a Sertorio, hoy, en elManifiesto, arremete contra el propósito, que yo secundo, de desposeer a Franco de su obra extrayéndolo del Escorial. Me da bastante por culo que los artistas malditos ocupen páginas y páginas de nuestro libro (cuando se publica el autor pierde propiedad y se une al mayestático de lectores), ese libro que yo le leo, contándome cómo de mal y mezquina es su malditismo.  Esto es un reproche directo, y, a la cara, yo, desde esta plataforma en línea hablo fuerte para que se me oiga en todos los confines del Ruedo Ibérico, a JMGoig. Lleva semanas lastrando a sus lectores con mierda de estadísticas y egografía de la mala en la que se extiende la mierda del Valle de Lágrimas al lienzo blanco. Pero, no, amiguito, el talento, insistimos desde el racional visceralismo, tienen que reconocértelo, ¿o no?

La belleza de crear, independientemente de si en tu vida estás creciendo o decreciendo, es siempre la misma: los ojos que miran. La egografía, como el dialogismo, es, mero, técnica. El reproche: no hay conspiración de youtube contra tu persona ni tu obra, fue hecho de viva voz y, ahora, seis semanas después, porque la actitud persiste, en pública vox. Los algoritmos, decíamos ayer, son pura matemática.

Te dejo, lector, lectriz, con un video donde se ilustra, con símbolos junguianos, la construcción de un universo. Universos, en sí mismos, que coexisten en el multiverso: que es uno, libre y grande. ¡Abajo España!

 

¡Namasté!

 

Retógenes El Caraudio,

Tokio, junio 2018

 

P.D.: ¡Viva Iberia!

 

 

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