Editorial. Un farol grande

En enero de 2016 sucedió que alguien molt honorable dio un paso al lado. Él era la cabeza de gobierno de un territorio que tenía al norte una sierra con picos de tres mil metros, al este: un mar que riega tres continentes y por el que llegan hilos de suidad. Al sur y al oeste, una península engarce con el océano ancho y basto de dónde, un tiempo anterior, hubieron llegado los atlantes. Este presidente debía acabar su mandato. Pasar pantalla.

Dieciocho meses, era un plazo, para encender un farol grande capaz de alumbrar el nacimiento de una gran colectividad. Él presidente de un tiempo ahora pasado se apartaba, o, mejor, había sido apartado por quienes, interfiriéndole la senda, se postulaban a reemplazarle en un nuevo gobierno. Una minoría en el parlamento, recién llegada, quería enviar al presidente a la papelera de la historia. A cambio, el nuevo molt honorable y su equipo, desde ese día, un año y medio por delante, debían andar una misión clara y precisa: encender un farol grande. Un farol que, por otra parte, se había encendido por primera vez durante el reinado de Jaime I El Conquistador. Este rey, que vivió en el siglo XIII, fue quien pretendió a los representantes de los estamentos sociales de la época a preocuparse de encender cada noche el farol y apagarlo con la del alba.

Miren aquí a nuestro protagonista, en su casa, tranquilo, relajado, navegando eutimia, ataráxico, calmo, en escafranda una membrana para proteger un fuego que arde calmo, suave, quemando a un tiempo el madero y cuidando de sostener la llama que de él prende. Mírenlo ahí, en el agua, drenando lo árido y seco de una tierra muchas veces terca y dura que se niega a dejarnos pasar, o que se empeña en enterrarnos y hacernos parte de su jardín. ¡Pero, vean, se hiergue, saca un brazo de la bañera!, ¿qué busca, qué cogerá, qué necesita en esta situación de tregua? ¡Oh, lector, lectriz, mira! ¡Su hacha! Mucho me temo, entonces, que nuestro protagonista está oyendo esto que arriba comentaba de encender un faro grande. Los brazos de la iglesia, del ejército y del pueblo, a un tiempo, en el origen institucional bajo otro rey, Pere II, en Montsó (Aragón) en el año 1289, naciendo la Diputación del General, no ya tanto para tratar entre el rey y las cortes esa cuestión «General de Cathalunya» como para recaudar el servicio o tributo que los tres brazos deben al monarca.

Mira, lector, lectriz, aquí, a nuestro protagonista que ha soltado el hacha. No es capaz de olvidar su historia y, por ello, no puede repetirla. Otra vez, de nuevo, en un acto de trastorno bipolar en que un ave quiere destruir un mundo para nacer en otro, la escafandra pesa demasiado como para osar salirse del agua.Todo el mundo sabe que cuando alguien está dentro del agua cualquier peso pesado que uno cargue fuera, en la tierra, se vuelve liviano y lisongero y cargarlo ya no supone un esfuerzo si apenas una pequeña y fiduciaria disposición a no nadar muy alejado de ese peso. Al fin, veánlo aquí, sale de la bañera. Se hiergue, no de pie, aún, pero sí, al menos sentado. Míralo, lector, lectriz, todavía con la cabeza echada, la escafandra es una losa ardua de sostener sobre los hombros, La paz y la tregua de Dios, movimiento social promovido en el siglo once, ahora, vemos, en el interior del casco, los campesinos y la esglesia construyendo, de teología de la liberación, resistencia ante las violencias y excesos de los nobles feudales.  Las asambleas de Paz y Tregua de Dios, como la que ocurrió en Tolugues (Roselló), en el primer cuarto del primer siglo del segundo milenio, orquestada por el abad Oliva en nombre del obispo Berenguer de Elna (que se hallaba ausente de la diocesis), fueron, entre otras, unas conspiraciones de cierto sector de humanos para delimitar y cerrar, como quien hace membrana, espacio pacificados. Aquí, reunido con otros para estudiar el proceso de edificación de la paz y la tregua de Dios, será que nuestro protagonista acumula tirón y fuerza como para enderezar rodillas, desayunar, y, aquí le vemos, abrazarse a sus aperos y herramientas para lidiar con el día.

 

 

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