
» Milei, presidente de argentina, tras el estallido de su burbuja de tulipanes, febrero 2025, en una entrevista pactada: «Yo no promocioné; yo difundí. Y no desde una cuenta oficial, sino desde lo personal».
Puede que la tarea de concebir algunas cosas o casos sea ardua, compleja, no polinomial e inabarcable. Verbibracia, la «totalidad» última mayor absoluta así como la idea de total ausencia en la que no exista nada o, mínimo, aunque todo siga existiendo, que quien observa (¡Hola, lector!) deje de hacerlo. Quizás, puede que «la madurez» o la «sensatez» adulta pase por relajar la necesidad de comprender absolutamente todo o, en su polo opuesto, uno centrífugo y el otro centrípeto, de renunciar a comprender absolutamente nada. Puede, lector, que para la media, la norma o el modelo mantenerse más o menos templado (dándose algún capricho, ora hacia la cúspide de sublimes esencias y excelsos perfumes en la corte ora hacia las profundidades oníricas de un cutre fumadero de opio) danzando con gracia, genio y carácter en la realidad concreta que nos ha tocado. Una realidad que es una totalidad para nosotros pero que forma parte de un totalidad mayor en forma de nuestras circunstancias; y, claro, lector, una totalidad que a su vez está compuesta de muchas otras partes en sí mismas, sistemas completos.
El mundo actual, tras la irrupción planetaria de la red de redes, me parece un «solapamiento de planos de realidad» donde las personas usan, crean y destruyen «personajes» encargados de pulular por la realidad encarnando alguno de los roles permitidos y manteniéndose en las reglas vigentes (o no) en el mercado donde se actúe. Vemos notorio polemizar sobre si existe una sola «persona» a tenor de que existen múltiples «personajes» o si, por contra, ocurre igual y podemos multivocar la unicidad en términos como honor, carácter, fama, personalidad, ego, palmarés, carrera, etcétera.
Cuando, consciente, estoy dentro del juego agarrando los mandos de mi personaje, contenido en la pantalla en la que esté y lidiando con los artefactos o personajes-no-jugador que se me acerquen, agradezco y no pierdo de vista los respectivos y correspondientes manuales de instrucciones donde están apuntadas las respuestas a las cinco preguntas del periodismo: aquel «Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media»; o el de: «El libro La doctrina del shock propone que las políticas económicas del Premio Nobel Milton Friedman y de la Escuela de Economía de Chicago han alcanzado importancia en países con modelos de libre mercado no porque fuesen populares, sino a través de impactos en la psicología social a partir de desastres o contingencias, provocando que, ante la conmoción y confusión, se puedan hacer reformas impopulares.»; o los textos donde M. Conde glosa su «El Sistema».
Manuales que están ahí, para todos los jugadores, y dependerá de ellos (más sus circunstancias) estudiarlos o no. Saber que estoy jugando sujeto a esas normas, durante la partida, me despierta y confiere proactividad, eliminándome «magias» donde ocurren cosas y casos sin saber muy bien por qué o de dónde provienen, con más opciones y margen de maniobra en la medida en que los manuales explican «por qué, cómo, quién, dónde y cuándo» de lo acontecido en el tablero de juego.
Cabecera de esta columna, lector, figura una entradilla sobre el tufo o timo o mero «especulación financiera» de un presidente de nación aprovechándose de su fama para inflar una burbuja.
Mejor que montar chiringuitos artificiales, vería pragmático o útil aprovechar esa posición privilegiada para crear cepas, incubadoras y otras cunas de proyectos desde donde las personas puedan emprender una vida sostenible en el ecosistema económico del país. Aprovechar la influencia para gobernar cuatro o siete grandes vías de desarrollo cuyas fuerzas productivas puedan orquestarse radiantes y elocuentes. Economía real: gobierno, gestión, facilitación de los bienes, los recursos, las personas, los servicios, los patrimonios, los matrimonios,… las nociones de valor, plusvalía y otras formas de medir la relación entre la producción y el usufructo o alienación de su efecto en el mercado.
Continuar la esclavitud tras la guerra civil de los Estados Unidos por los medios laboralistas socialdemócratas pinta al mismo país donde todo cambia pero nada lo hace, donde continúan las mismas clases, actividades y jerarquías pero con el talante fiscal y legislativo de pacificar la ceremonia. Esto es similar a las nociones de continuar la guerra por la política y el imperio de la ley con parlamentarismo, diplomacia y notaria antes que con puñaladas, flechas, dinamita, pistolas, tanques, drones o botones rojos de destrucción total. Todo esto, lector, decimos, antes que propiciar juegos para mercar a la suba o a la baja sobre actividades ficticias.
Los nuevos términos abundan para expresar esos nuevos comportamientos, así «memes» o, sofisticado, «femes» son hoy día la unidad mínima semántica de relatos inventados a su alrededor, como culto, esquema ponzi o masa clientelar.
Los memes o femes, puros bloques génesis, actúan como centros gravitacionales en grandes juegos de realidad alternativa en los que personas manipulan teleológicamente y en tiempo real sus equipos de avatares a través de replicar y combinar en narrativa transmedia que trasciende los espacios discursivos de la producción artística, de agitpro o de marketing entrelazándose con la realidad mondante y lirante que aglutina la actualidad de esas organizaciones en cotidiano.
Economía real con acción ligada, correlacionada referida en nuestras casas y calles o economía financiera de índices y subastas, esa es la cuestión. La escisión materialista que reclama sustancia física frente a su opuesto en la dualidad como idealismo capaz tanto de negar la realidad misma de la sustancia rompiéndole al átomo la masa estallándolo en mil pedazos imaginarios de campos de posibilidad más pequeños que los límites de Planck; o, de hiperafirmar miles de dotaciones semánticas sobre la cosa en sí: al modo que se desarrolla un corpúsculo encerrando a la cosa en su centro, como una célula de imaginación y palabra que en su esencia tiene el libre albedrío de respetar su ADN, centro gametogenésico de la cosa material desde donde se proyecta.
Una dualidad que el mundo moderno acató como mínima unidad fundamental y desde donde parten circos que nos hacen reflexionar sobre ¿qué cine puede rodarse o qué libros pueden escribirse en el país? ¿qué cine rodado puede proyectarse y que libros escritos llegan a las librerías?
«Desde mi cuenta personal, no desde la oficial…», se justifica el presidente. Lo de La persona y el personaje es una dualidad que se avivó como latiguillo cuando Errejón devolviéndola a la moda, a finales de año, publicó su carta de dimisión atribuyendo gran parte de la responsabilidad de los daños de su conducta a la distancia entre el cargo y el ciudadano de a pie.
Nos acompaña desde el principio de la historia y, significativamente, con ahínco tras la aventura idealista de los pensadores continentales y analíticos de finales del milenio pasado donde Kant o Hegel meten el hilo de tradición sapiencial platónico (que a él, y a los primeros europeos, les llegó del tronco lingüístico iraní, de Zoroastro et alli) en una especie de camerino donde la mente se separa de la materia para salir a escena (una escena virtual, simulada, de mentira «sagrada», de impostura deliberada, de «consenso») como hacen los actores cuando se estudian los personajes, se preparan y caracterizan antes de salir bajo los focos, tras el telón.
Una dualidad: la separación entre ese «imperativo categórico universal» que describe y aconseja cómo actuar en la vida, de, dualmente separadas, las ciertas o concretas motivaciones escritas en la ficha de personaje y el guión de una cierta obra. El personaje, quizás buscando otros universales, quizás con afán horizontal de cantidad en lo heterogéneo antes que calidad escueta en lo homogéneo, jamás actuará impelido por el beneficio del Kosmos. Lo hará siempre, obligándose, obligado por el guión.
Escribir guiones, entonces, lector, se torna este escrivivir que aquí profesamos. Donde la escritura «antes» es vivencia en escena «después».
En perspectiva, si te apetece el ratito de literatura, lector, sabemos que «la persona y el personaje» es una manifestación patognómica (un solo «nomo» justifica la patología) de la «dualidad» particularmente moderna. Aunque no nació allí entre vítores ilustrados porque ya hubo fulgores duales en los anales de los tiempos, como fulgor de energía dualista fue el paso del «mitos» al «logos», en la época Moderna la dualidad es ya una clara cuestión central.
La dualidad entre persona y personaje cuando el tronco indo-europeo todavía era un tallito con tres ramitas y doce hojas, forjaba etimológicamente en una piedra ideal resistente al paso de los milenios las ideas de «máscara» y cara. Donde una cara puede calzar distintas máscaras. Supuso la fundación de la soberanía respecto del Antiguo Régimen (anquilosada de reputación religiosa, una persona un personaje a ojos de Dios) en la medida en que uno podía forjarse nuevos centros de significado si se separaba del gran tronco vertebral monoteísta del Leviatán. Supuso el pistoletazo de salida para una carrera de conquista de territorios «vírgenes» de comercio.
Que resultó en una «acumulación original» donde se disfruta de una plusvalía sobrevenida de comerciar con la acaparación salvaje (no regulada) en territorios no desarrollados para luego, decimos, comerciar con ellos en condiciones de mercado. La esquizofrenia mercantil que disocia a medida que el mercado crece sobre el puro, mero, llano, mondante y lirante trueque entre dos huevos y cuatro manzanas entre un granjero y un horticultor del más común y contingente de los pueblos que Buñuel fue a grabar a mediados del siglo pasado. Un reparto de guiones y fichas de personajes que cae, a diario, desde las oficinas de la City, Manhattan, Silicon,…
Hoy día, esa separación se encumbró tras la revolución del séptimo de los artes con su facilidad para transportar relatos que podían «proyectarse» en cualquier cine ya sea de barrio o cámara privada imperial. El Star-System es, precisamente, la red de actores y actrices capaces de encarnar «personajes» ocultando, por completo, a la «persona» que los actúa. Resuena «la revolución de las masas orteguiana» en una razón post-poética que recuerda a Zambrano rebuscando perlas entre el lodazal de luz multimedia el tránsito de atrezzo y seriedad actoral del especialista entrando o saliendo del teatro de su actividad; orquestando de bambalinas un hogar privado del que se entra y se sale con el debido atuendo y el adecuado maquillaje. Esa sensación que tiene una persona obligada a mantenerse en las convenciones de un personaje que debe usar tal o cual estilo verbal, tal o cual código de vestimenta, etcétera. El debate es por la diferencia entre un «piquito» y el acoso sexual. Hoy día, a debate junto con las finas texturas del «consentimiento» y la posible distinción o separación pero no disociación entre promocionar y difundir haciéndolo como presidente de la nación o como fan del trading que avala sus pronóstico únicamente en su doxa, en su opinión. El mismo beso, entonces, puede ser entre las personas que se lo dan o entre los personajes que representan. Puede ser, entonces, un beso entre dos deportistas celebrando un triunfo conjunto en el mismo peldaño o puede ser entre un presidente y una jugadora donde hay un claro desnivel de poder. A la vez, simultáneamente, en una compleja red de figuraciones, en esas mismas personas habitan distintos personajes. Ya que el observador condiciona la experiencia, al punto de que el beso sea entre un macho heteronormativo cis y una L de LGTBQ+, o el beso sea entre un directivo y una empleada, o entre…
Hoy me han hecho reflexionar sobre «el valor de la vida», lo que significa «una vida que merece la pena vivir», las razones entre «una vida de servicio» y otra que «mancha, rasga y deja huella en la vida», u otras tales que: «el mejor de los mundos posibles», «el mundo que nos legaron nuestros ancestros», «el mundo que le dejamos a nuestra descendencia», y también «los mundos imaginarios», «los ideales, los ideologizados o los mundos nuevos». Tú sabes, lector, esa miradita en cámara lenta que para un momento el presente, se desentiende de las cosas del cotidiano, abre plano y observa, en general, tanto lo que ha venido siendo como la pinta que tiene el futuro caso de continuar igual. En una palabra, lector, reflexión sobre: «la evolución».
La condición evolutiva marcó un antes y un después en la concepción sapiens de la existencia. En occidente, se narran todavía las gestas darwinianas irrumpiendo en el panorama de los Leviatanes modernos de los estados nación. De los tres, aunque todo cimbreado, la teoría de la evolución de las especies, sacude y polemiza más sobre el polo religioso que en el Antiguo Régimen era inminentemente religador, custodio del relato y adalid de lo desconocido. La posibilidad de mantener un «Ledger» de las especies (corazón criptográfico a modo de cuaderno de apuntes, registro o balance de cuentas que usan las criptomonedas para mantener el histórico de «realidad» conectando inductivamente de uno en uno bloques a una cadena que parte, se dice, del bloque génesis) se convierte entonces en un modo de batalla cultural, moral, religiosa y social. En la medida en que pueda trazarse una cadena de eslabones filogenéticos desde los primates hasta el sapiens moderno, el proyecto de emancipación darwiniano podrá prescindir de los orígenes y finales teológicos que ha dispendió en el Leviatán el polo religioso durante los siglos de Antiguo Régimen. La condición evolutiva, es necesario apuntar, se abre paso autónoma, paralela, aliena al cuerpo dogmático. Si jesús nunca quiso fundar iglesia (solo le importaba la idea de «Reino de Dios») y fue invento de Pablo tras un brote esquizofrénico que le tiró del caballo en Damasco o si la humanidad debe adorar de igual modo al lama que al papa francisco porque son personas santas entre las lágrimas del planeta Tierra, a la teoría evolutiva de las especies no le importa ni esas vicisitudes le representan molestia o palo en la rueda, ni mucho menos enemigo. No hay, así, guerra, combate ni disputa otra en la modernidad que las voces viejas quejándose y lamentando perder sus puestos de mando y privilegio. Puede decirse entonces que las guillotinas en las plazas no forman parte del conjunto de suficiencia ni siquiera del de necesidad para el cambio político moderno sino que mero son necesarias cuando se han enquistado o anquilosado fuerzas anacrónicas porque no había, ahora sí, ete ahí el cambio, «nada mejor». Algo mejor, asegura de su teoría Darwin, ahora ya está disponible. Y por ello, el mundo puede cambiar.
El árbol filogenético se convierte entonces en un proyecto de máximo interés general tanto como pueda suponer el actual Esquema Nacional de Seguridad. Es una gran labor nunca terminable, siempre en constante revisión, repleta de miradas dispares y ramilletes de consenso. Montar una estructura de conocimiento que abarque con rigor alguno de los reinos de la vida en el planeta es un proyecto a largo plazo y que requiere de legiones aportando al mismo nido común trillones y trillones de datos, hallazgos, indicios y el sin fin de fósiles, escavaciones o restauraciones con que la humanidad mantiene y maneja su memoria histórica. A estas alturas, lector, los temas mentados, de vuelta, me invitan a buscarte con la palabra para una conversión donde se planteen casos tales como «¿vivir en el Reino Unido es más valioso porque acumularon tras años de colonialismo el mayor museo del planeta con piezas del globo entero y de todas las épocas?».
En la actualidad en Argentina estalló otra bomba mediática relacionada con la explosión de una burbuja financiera. Las víctimas, en este caso, son voraces y depredadores «liberales» que han invertido en cuentos de lechera con la sevicia de quien no encuentra oposición de una izquierda fragmentada y deshecha en luchas particulares y le roba los términos («anarquismo», «libertario»). Tráfico de influencias, pelotazos, corruptelas, capitalismos de amiguetes y demás parafernalia de la Imagología de Kundera para crear ficción espectacular inseminándola en los medios de comunicación de masas, manufacturando el consenso, orquestando las pelotas de tramas en escándalos o sus resoluciones en los juzgados.
La «condición de servidumbre voluntaria» ya la trató un mocito francés en los albores de la Modernidad. Sin embargo, el pastoreo mediante publicidad, marketing y posicionamiento en índices de buscadores, los shares y ratios de audiencia que hoy día padecemos en la composición del Pensamiento Único y sus librerías de Valores Dominantes le petaría la cabeza al joven francés que posiblemente acudiría despavorido buscando concierto en el caos, orden en lo ignoto, a las clases de ese otro francés que tras tirarse al Sena (convencido de la imposibilidad de la razón), sobrevive al intento de suicidio, Augusto Comte, hace de su nihilismo un sayo y de su homínida impotencia una espada para, con voz firma y positiva, declarar los tres estados de transición o evolución desde el pensamiento mágico al moderno: teológico, metafísico y científico.
Las magias que producen empresas como Cambridge Analytics tras atiborrarse de Big Data (que son «Grandes Datos» con nuestros perfiles y las trazas de nuestra actividad en la red, ¡las famosas cookies!) son menos magias cuando levantamos un poco el tapiz de los decorados, rompemos la cuarta pared y presenciamos la maquinaria imagológica que la produce. Establecemos la relación de causas que producen el efecto y, así, deshacemos la magia que, batalla cultural mediante y durante, en su definición más alquímica podría ser: «La magia es la capacidad de dominar y conocer relaciones de causa-efecto de las que se desconoce la cadena causal; quedándose en la maravilla que ejecutarlos y observar los efectos».
Un gran sistema que explica y mantiene el relato de una realidad a todas luces «cambiante» (impermanente permanencia; estirpes de género, generaciones e individuos que legan, meollo de la evolución) a modo e un río donde bañarse dos veces en la misma agua no es tan sencillo como probarlo en un lago, mucho más asequible, en una piscina. ¿Puede, entonces, suponerse a la persona como un testigo que recuerda los baños que distintos personajes impermanentes disfrutaron?
Dado el descomunal proyecto de construcción de un árbol filogenético que represente todos los troncos y ramas que han evolucionado hasta la actualidad, la gran labor conjunta consiste, da igual en qué campo, en considerar a la totalidad de la cuestión como una mera y estanca (virtualmente estanca) parte de otra cuestión todavía mayor. Holones dentro de holones. Un sentido de irreversibilidad en la línea temporal, pero una auténcia explosión de totalidades independientes cuya única relación es pertenecer al mismo árbol.
La doble condición de totalidad/parte que se basta a sí misma a su vez obligada y debida a su condición de miembro en una totalidad mayor me parece, sin duda, la más grande de las inestabilidades estabilizadas entre la verdad y la mentira. Valga el retruécano.
Puede, incluso, que la evolución del ciclo vital (nacimiento, desarrollo, declive y muerte) empuje forzando pero, sobre ese amasijo de experiencias y vivencias que no podemos determinar, que solo podemos adolecer o padecer con intentos vanos por: alargar la «esperanza de vida» a base de «bienestar» o no cejar en la sempiterna y nunca alcanzable búsqueda de la fórmula magistral del elixir de la eterna juventud; sobre esa determinación a un tiempo de vida, nuestra: «biografía», más o menos conocido, más o menos único, más o menos maculado o intachable, cada nodo del árbol filogenético tiene asociada su esperanza de vida así como las edades comunes en las que ocurren los engarces y fulcros evolutivos a partir de cambios hormonales, etcétera; sobre eso, puede que el cuerpo y la materia obliguen pero, sobre esa imposición natural, arrecian territorios de vientos a veces estáticos e inmóviles y otras necesitados de zapatos mágicos para regresar tras el tornado; sobre eso, lector, ¿verdad?, existe la puerta ideal que acompaña en la trayectoria desde los primeros años de aprendizaje gramatical y alfabetización hasta las últimas babas y ventosidades de una persona anciana muy alejada de sus músculos y articulaciones con la piel muy arrugada. Una mente alejada, privada o inhibida de sus sentidos dentro un sistema nervioso neuronal.
Entre esos dos abismos, el ser deviene, de la nada a la nada. Sin destino otro que la mera trayectoria. Un arco que lanza una flecha, y el arquero es, a la vez, trinidad, las tres cosas.
Afirmamos, entonces, leyendo la última línea de la columna, apagando el dispositivo y dejándolo en la mesita de noche, a pesar de que sabemos que no es sano para el ciclo circadiano chutarse luz azul a oscuras en el dormitorio, y menos antes de ir a dormir, subiéndonos las sábanas, asegurando los contornos de la colcha, cerrando los ojos y abrazándonos a la almohada (o, lector, cucharilla…) que la mucha luz hace imposible la vida y también que la ausencia de ella la imposibilita. Y con esta reflexión, oda a la mesura, nos arrojamos al agujero de la inconsciencia, soltándonos al sueño.
Una cosa, lector, ante de marchar. Tema «la temperatura» a la hora de usar los modelos del lenguaje en los chats de inteligencia artificial que han llovido desde el cielo tecnológico a nuestros dispositivos y apps. Tema mover el indicador de «temperatura». Muy importante para no lidiar con inteligencia artificial aburrida. Hay que mirarlo; que seguro, apostaría, no sueles tocar ese parámetro antes de preguntarle algo al asistente.
Buenas noches, lector.